Viaje imposible a Comala

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Juan Rulfo, el vocero de los pobres y las ánimas, es además la figura más enigmática, seductora e influyente de la lengua española en el siglo XX. Con ocasión del aniversario de su nacimiento, recorremos Jalisco, el territorio mítico en el que surgió la obra de un genio solitario, afable, tímido y mentiroso que un día dejó de publicar, pero no de escribir

Baja unos escalones de la terraza y mirando el horizonte señala dos puntos exactos y explica: «Todo el universo de Rulfo, todo lo que hay en sus libros, va desde allí, la Media Luna (una oquedad curva de la cordillera), hasta el final de aquellas montañas. Pedro Páramo y El llano en llamas es todo lo que hay ahí en frente». Y como si en ese espacio geográfico, sur de Jalisco, cupiera todo lo necesario para entender una obra literaria, uno contempla un área sin sombras aparentes en el que la tierra parece olvidar las reglas básicas del agua y el viento. Entonces, de alguna manera, las ánimas que habitan Comala y los vivos sin vida que deambulan por el llano comienzan a aparecer.

Luego, tras regresar a una mesa de madera redonda donde las fotos de su padre, el magnífico escritor Juan José Arreola, están por todas partes, Orso Arreola, amigo de un Rulfo que fue compadre de su padre y su padrino de boda, descansa el aliento fatigado y asegura: «Pedro Páramo es la necesidad de Juan Rulfo de escuchar a sus muertos».

«Y ésa es la cosa porla que esto está lleno de ánimas; un puro vagabundear de gente que murió sin perdóny que no lo conseguirá de ningún modo, mucho menos valiéndose de nosotros. Ya viene.¿Lo oye usted?».(Pedro Páramo)

A Rulfo sólo se le puede entender desde un espacio geográfico y de tiempo concreto al que acude EL MUNDO. El sur de Jalisco es su verso, su imaginario y su vida en trizas que plasmó en su corta obra. Luego, el espacio para sus letras se le apagó, como se apagó de olvido aquella tierra de su niñez tatuada en sus libros, y el escritor vagó por el devenir del resto de su vida queriendo contar algo sin ya conseguirlo. «Creo que mi padre estaba en la búsqueda de hacer un nuevo trabajo y estuvo durante 20 años buscando la fórmula. Mis hermanos cuentan que se pasaba la noche escribiendo y luego todo lo rompía», explica a este periódico Juan Carlos Rulfo, el menor de sus cuatro vástagos.

Esa inspiración perdida es hoy un mundo de colinas secas y pueblos menguantes que renacen a golpe de invernaderos. Comala, el Macondo mexicano, es la ciudad a la que Juan Preciado fue en busca de su padre, Pedro Páramo. Pero Comala no existe, o la que existe no es, o la que pudiera ser tiene demasiados nombres. Universo de Rulfo donde todo deliberadamente se confunde. Salimos a buscar lo que sea que es o pudiera ser Comala.

El coche atraviesa la sierra jalisciense camino de Tuxcacuesco. En el camino se contempla el gran llano, ardiente, sin refugio de un sol al que sólo retan algunos zopilotes en el cielo. Vemos un cartel que recuerda que cruzamos una frontera de pensamiento. «Daba gusto mirar aquella larga fila de hombres cruzando el llano grande otra vez. Como en los buenos tiempos…», dice el viejo letrero al borde del camino que reproduce un fragmento de la obra de diversos relatos El llano en llamas. Entramos en esa zona donde gobiernan los muertos.

LA VERDADERA COMALA

Además de aquellas letras ya oxidadas junto a un sendero, la vida parece allí contenerse. «La verdadera Comala (en el vecino estado de Colima) no tiene nada que ver con el pueblo del que él escribió. Lo eligió por una sonoridad y significado particular (el comal es la plancha caliente en la que se hacen las tortillas de maíz). En los borradores que hay de su obra aparecen Tuxcacuesco, Apulco o San Gabriel como los pueblos a los que llega Juan Preciado», explica Juan Carlos Rulfo.

Tuxcacuesco es un municipio de hoy 2.300 habitantes, según asegura un cartel a su entrada. La cifra parece decir que nada se suma ni se resta allí. El pueblo está enclavado en medio de una nada profunda y lejana. Rodeado de montañas, hace 70 años es probable que aquel lugar fuera un fiel reflejo de aquella Comala abrasada y asolada. Desde la cima de una colina cercana pareciera que hoy Juan Preciado podría sentir allí el abandono de llegar al fin del mundo. «Son pueblos entre montañas en los que la gente cree vivir en el ombligo del mundo», nos da como pistas de este rastreo Juan Carlos Rulfo. «Tuaxqueco era el nombre original de Comala», nos había asegurado la tarde antes Federico Munguía, un periodista de 74 años de la cercana Sayula que trató personalmente mucho a Rulfo.

«Aquello está sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del infierno. Con decirle que muchos de los que allí se mueren, al llegar al infierno regresan porsu cobija».(Pedro Páramo)

Javier Brandoli / El Mundo