San Francisco de Abajo

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Me aposenté en un nicho internet en pleno centro de San Francisco para revisar pendientes cibernéticos y dar los últimos toques a un documento que leería en un congreso literario. Al cruzar hacia la sede, Hotel Park 55, observé las calles hacia abajo, como chupándome, como esperándome…Ya adentro, confirmé el horario de mi intervención, hice cálculos de tiempos y espacios, notando que otros ponentes hacían lo mismo y con los que me identifiqué…simplemente se trataba de cumplir el compromiso para después escabullirse a explorar lo que se pudiera, acompañado o en solitario, y en unas cuantas horas. Entre traductores, editores, escritores y libreros, empaté con estos últimos quizá por la sencillez de su profesión: compran barato y venden más caro, sobre todo si los estudios de mercado señalan que el “boom latino” vende cualquier cosa, incluso libros en español. Así que Andrés, flamante director de una cadena de librerías internacional, supo de mí y de mis planes postcongreso. Diligente, quedamos en salir en su auto rentado, más interesado en mi opinión sobre el mercado de los libros que en recorrer el puerto. “Y si quieres nos vamos hasta San Diego, te enseño nuestro almacén”, me amenazó de inmediato.

Cumplí con mi participación con el horario encima y salí del Park 55 a tomar un respiro, percatándome que tenía cerca una calle principal, la Market Street…comencé a observar esta ciudad desde otros ángulos: vientos fríos en pleno verano, tercas neblinas sin lluvias y fogosas masas humanas que producían paranoicos simpáticos caminando libremente o conduciendo autobuses sin la menor cortesía. Medio aturdido, recordé el ofrecimiento de Andrés, le llamé a su celular, me paré en esquina estratégica y en media hora ya nos dirigíamos hacia la lasaña en plato hondo, con vino de la casa, en el restaurante Roma del barrio italiano. Lo de Andrés era verdad: no batalló para estacionar el auto, uno de los graves problemas de este sector, porque estuvo dispuesto a pagar otros 30 dólares de estacionamiento. “Para qué andar con cosas”…
En una hora y algo salimos medio espirituosos, más amigos, más campechanos y ahí mismo iniciamos la caminata por la “Columbus Avenue”. Entre nuestras charlas, le confirmé lo que ya sospechaba:
—San Francisco es el triunfo de los marginados…aquí abundan y no son tan rechazados, no nos podemos quejar…Aquí deja uno de ser “minoría”, estamos por todas partes, mira…
Se lo decía frente a unas tiendas porno y bares nudistas en cuya banqueta había afroamericanos bailando rap, unos descaradamente solicitando 50 “cents” y de plano otro, completamente deschavetado, preguntaba:
— ¿No perdieron ustedes su miembro sexual en San Francisco?—y luego soltó la carcajada mostrándonos un pene sintético.
No le cayó mucha gracia, más bien Andrés quiso hablar de libros mencionando negocio tras negocio, pingües ganancias, mientras seguíamos la marcha.
—Ya que te interesa el tema—le comenté—por aquí hay una librería…
Fue cuando le mencioné sobre los poetas “beat”, queriendo profundizar al respecto, pero no mostró mucho interés, definitivamente—me dije—lo suyo es el mercadeo. No obstante, nos metimos a la librería City Light que ya teníamos enfrente, vi las reediciones y los libros antiguos que rodearon al autor Allen Ginsberg, uno de los cabecillas de la generación beatniks; observé el póster del fundador de este templo intelectual jipi, Lawrence Ferlinghetti y su colección de poesía. Andrés, sin perder su línea, lo único que comentó fue que casi no había libros en español, confirmando su teoría del olvido al sector hispano.

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—Es probable que estemos en el lugar equivocado, le sugerí, debe haber un barrio latino, ¿lo buscamos?
Le brillaron los ojitos…sugirió entonces irnos al estacionamiento. El encargado nos resolvió el problema de inmediato vislumbrándose, dada su cortesía y amabilidad, que era un inmigrante mexicano. Él mismo lo confirmó, claro, hay que aprovechar que San Francisco ha sido declarada santuario para migrantes, “no migra here”, dijo casi en inglés. Le hicimos la platiquita y nos guió:
—Uff compas, andan muy errados. Si quieren ver mexicanos váyanse hasta la calle 24, entre la Mission y la Potrero, ahí hasta tacos de cabeza hay… escuchó atento mi estómago irreverente.
Tenía razón, la poca presencia de paisanos en las rutas turísticas contrastó con lo que visualizamos al ingresar al sector, era un hervidero: la raza con sus cantinas, sus ritmos norteños y sus solicitadas taquerías de 24 horas de sabor y grasa nostálgica. Vaya, daba gusto ver señoras felices, comprando paletas La Michoacana o conchitas de pan dulce que quise una para mí. Era tanto el movimiento familiar que hasta vimos mormones convertidores de almas, en bicicleta, con sus camisas blancas y corbatitas enterneciendo al más ateo. Era verdad, esa era la seña inequívoca de que, en efecto, nos encontrábamos en el barrio latinoamericano…Pero lo que motivó más a Andrés, ahora sí, fue la presencia de libros y revistas en español en tienditas de envíos de dinero, en peluquerías, abarrotes y negocios para preparar impuestos o “income tax”. No le dije, aunque debí hacerlo, que el surtido me decepcionaba porque, como lo había visto en otras ciudades, se trataba de obras de autoayuda, de lograr el “éxito rápido y fácil”, de dianética, de horóscopos y hasta de comentaristas de la tv hispana “para los más cultos”. De cualquier manera, nos paramos no sólo para bebernos unas tecates sino también para recoger copias de periódicos en español como El bohemio news o El tecolote con la remota idea de hacer contactos.
Ya entrados en lo marginal, y para completar el cuadro, recordé que muy cerca se debería encontrar el territorio gay, así que nos lanzamos sin titubeos al sector Castro, para confirmar lo confirmado, definitivamente, la ciudad era el triunfo de los minoritarios: el tercer sexo hacía su presencia en toda su magnitud, esplendor y variedad. Varias generaciones de parejas homosexuales se besaban en las calles, caminaban tocándose las manos, con look carismático. En postes y muros estratégicos había carteles de homosexuales fortachones, anuncios de bodas del mismo sexo y volantes previniendo contra enfermedades de transmisión sexual, como en cualquier hospital. Vi muchos cuerpos cuidados con la última dieta, emitiendo un intelecto arriba del promedio y un gusto sofisticado, a juzgar por la cantidad de negocios y galerías de arte y de fotografía. Era una sensación de apertura que invadía al resto de la urbe, se percibía que de ahí brotaba la demanda de tolerancia, de libertad para el empleo sin importar el género, el aprovechamiento de los espacios de expresión. Así la vida y cultura homosexual era parte integral del panorama, para que ni el más macho, fuese de donde fuese, reprodujera aquí sus homofobias causantes de tantas víctimas. El ambiente flexible era tan contagiante que me atreví a hacerle una confesión a Andrés quien me observó con aires de sospecha:

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— Me consta la liberalidad de esta ciudad, fíjate, estoy hospedado en un hotelito cerca de la sede del congreso. Ni te imaginas el decorado, parece para coleccionistas, no hay ningún paisaje californiano o los típicos cuadros del puente, sino fotos en blanco y negro y diminutos dibujos de homosexuales tremendamente eróticos, muy finos, torsos desnudos, muslos protuberantes, con elegancia y gusto que invita a la estética. Pero me hospedé ahí no porque me atraiga lo gay, sino por lo barato y céntrico…Andrés sólo me observó, como exigiendo cambiar de tema y, confirmando su virilidad, me espetó:
—Bueno, ya, ¿no?…todo eso está muy bien…Ahhh, pero si me pretenden, pues hasta ahí llegamos…que hagan todo lo que quieran, nomás no se metan conmigo.
Ya para acabar de incomodarlo, le provoqué:
—¿Ni siquiera en una noche de copas ni en el carnaval de Mazatlán?… Se dice que cada hombre llevamos un pequeño gay adentro…
Soltó la carcajada, muy seguro de su identidad sexual, mientras pasábamos frente a establecimientos ofreciendo festivales de poesía con micrófono abierto o conciertos de música alternativa en esquinas estratégicas para unos 30 comensales que de lejos la mayoría parecían del mismo sexo.
En la escapada, Andrés se enteró de mis antecedentes periodísticos y me preguntó si quería conocer una de las creaciones de Randolph Hearst, el magnate de la prensa nativo de esta ciudad.
—¿A qué te refieres?
—Tú cállate y verás…
Rápido se fue metiendo entre las calles hasta enfilar por la Mission Street, en pleno “downtown”, como ya atardecía, no hubo mucho problema para estacionar y me llevó a un imponente edificio del Estados Unidos clásico. Era medio antiguo con toques dorados al interior, escalera de caracol, tipo mansión, una especie de baúl de los recuerdos. Sin embargo, frente a este conjunto, vendían de manera peculiar el San Francisco Chronicle y el San Francisco Examiner, el periódico del siglo XIX que Hearst recibió como herencia, iniciando su cadena de rotativos e inventando el periodismo amarillista para liquidar la competencia. Todavía le ofrecía dividendos: había un voceador vestido como si fuese botones de hotel, a todo lujo, le dabas el importe de 25 centavos y en un acto prestidigitador, cogía el ejemplar, hacía dos que tres dobleces y te lo entregaba enrollado como si fuese un pergamino, él un juglar medieval y uno un aristócrata respetable. Quedabas seducido, ya querías adquirir otra copia tan sólo para gozar de nuevo el espectáculo. No descarté que el genio de Hearst hubiera ideado esta forma de vender para atrapar más lectores.
—¿No te gusta la estrategia para los libros?
—Habrá que inventar unas propias para nuestro lector latino y dejar de imitar….
Dentro del edificio, y bien acomodados, encontramos además folletos invitándonos a recorridos de lujo. Los rechazamos de inmediato, quizá por los costos, por su complicación o porque recordábamos que ya habíamos hecho antes semejantes paseos: ¿Limusinas? ¿De cuál tamaño?–no dice cuál modelo, todas son del último año. ¿Le incluimos chicas cover girl? ¿Necesita un ferry aerodinámico para rodear Alcatraz o pasar bajo el Golden Gate? ¿A qué horas reservamos su helicóptero para el tour aéreo? ¿Quiere subir hasta el observatorio del edificio Transamerica?…Una pequeña propuesta nos llamó la atención: El banco Wells Fargo, un éxito aquí desde la fiebre del oro de 1848, anunciaba una novedad: tómese un café Starbucks mientras espera hacer su transacción, bueno, o después. Era una vanguardia de servicio que supuse se iba a propagar al mundo entero, cafeterías instaladas adentro de los bancos, habrase visto…el caso es que mientras bebíamos, otro folletito me llamó la atención, por su ternura y su clásico recorrido:
—Mira Andrés, vamos a subirnos a uno, yo pago…
Se trataba del tranvía de un solo vagón, cobraba dos dólares, desde el distrito financiero sobre la calle Market, hasta la avenida Van Ness, del este al oeste de la ciudad. Era un recorrido mitológico, fácil y accesible, para mentalidades de alta curiosidad callejera dispuestas al sacrificio. Al abordarlo, después de una larga cola, alcanzamos cupo de pie lo que permitió que el aire nos acariciara, como si participáramos en alguna escena de la serie televisiva “Las calles de San Francisco”. En tanto, oía el ruidajo de palancas y de engranes que mueve el operador para respetar, como cualquier auto común, las señales de tráfico. El pequeño vagón, para nuestra sorpresa, ingresó al China Town, y claro, por supuesto, mandamos todo al diablo y decidimos bajarnos…Nunca había visto tanto ojo rasgado en movimiento ni banderas rojas comunistas ondeando con descaro sobre techos altos y remedos de pagodas, ni plazas atestadas de viejitos chinos, juegos infantiles entre protestas contra el sistema de Mao. Los asiáticos, definitivamente, eran otra gran “minoría” que dominaba la escena mostrando sus contrastes ideológicos y nacionalistas sin pena. El colmo fue un mural que lo sintetizaba todo: bajo una enorme pintura de la bandera de las barras y las estrellas pude captar la leyenda, “God less América”…alguien había borrado “b” del original “bless”…pongámoslo más claro y usted deduzca la confrontación: “God bless América” versus “God less América”…Y todo era silente, uno que otro claxon y el murmullo, entre la cortesía de peatones y tienderos, no sé, uno suponía que habían reproducido lo más fiel posible todos sus mundos allende al océano Pacifico, no para que nosotros los gozáramos, sino para ellos vivir sin tanta melancolía en pleno imperio…

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Ya no quisimos recorrer más…otro folleto anunciaba establecimientos donde vendían los pantalones originales de mezclilla, también inventados aquí sobre todo para los gambusinos. Destacaba la primera fábrica de los “Livais”, esa prenda globalizada mucho antes que la globalidad por su resistencia, comodidad y durabilidad, aguantando faenas, raspadas, navajazos o el peso de pistolas. Levi Strauss, migrante bávaro, diseñador y fabricante de los primeros pantalones para el marginado “working class”, había pasado a la posteridad mucho antes que la era jipi que aquí también los popularizó: en el mapa turístico, su apellido aparecía por lo menos cuatro veces, cada uno señalando una tienda que ofrecía descuentos de hasta siete dólares mostrando el cupón. Le llamaban la “House of Jeans”, jins, jeans, genes, en francés.
—Ándale vamos—insistía el librero—no es lo mismo comprar un livais aquí que en otra parte…
— ¿Quieres seguirle…mejor vámonos a lo clásico clásico…por ejemplo cruzar el famoso puente.
Sin pensarlo más enfilamos hacia allá, primero le dimos un flashazo a la callecita cuesta abajo con sus jardines escalonados, la “Lombrad Street”, repleta de turistas viendo bajar los autos. Por ese rumbo encontramos la salida hacia la autopista 101 y finalmente nos atrevimos a cruzar el escalofriante Goldeg Gate. De lejos lo veíamos supermoderno, catártico con el atardecer que avanzaba, pero al ir rodando sobre él ya reflejaba años anaranjados de uso, como los hierros de la torre Eiffel. Cruzando, nos estacionamos en el mirador, para una panorámica del océano, lo largo del puente y la urbe en todo su esplendor…ahí fue cuando recordé la canción de Scott McKenzie, esa que sugiere que te pongas unas flores al llegar a esta ciudad. Me sentí completamente colonizado al descubrir que me sabía varios versos de esa pieza clásica de finales de los ´60s, people in motion, decía, ¡en efecto!, nuestro recorrido había sido el San Francisco de abajo, el de la gente en movimiento. Nosotros, yo mismo, en constante movimiento, tarareando la cancioncita esa, órale bato, canta conmigo Andrés, sácate el feeling, extrae el recuerdo de lo que no hemos vivido aquí por décadas…nostalgia de varias generaciones, people in motion, cantando en pleno mirador, recibiendo sonrisas de identificación de los otros que coinciden, aprobándonos, dando en el clavo…People in motion, que hemos presenciado, experimentado, palpado, como este viento que sacude nuestras ropas, movimiento de piernas y de autos … If you come to San Francisco/Be ware to have sun flowers/ In your head,/People in motion, people in motion…

Colofón…
Cuando Andrés me dejó de nuevo en la sede del congreso, a donde acudí para aprovechar lo que quedara, creí que ahí acabaría el exhausto recorrido. Sin embargo, Teresa, una ex compañera de estudios de Guanajuato que se había convertido en traductora, me reconoció entre las despedidas. Me propuso otro tour algo extraño: me invitaba a su hotel, pero no para pasar la noche. Requería ayuda para encontrar taxi, orientarle la ruta, evitar los temores nocturnos en una ciudad desconocida que se visita por primera vez, como me lo confesó. En su afán de encontrar precios módicos, había reservado una habitación en hotel económico y de buen aspecto en internet que, a la hora de abandonar la realidad virtual, resultó un problemón: estaba ubicado en una zona relativamente céntrica pero repleta de graffitis, de servidoras sexuales, de distribuidores de drogas, de policías atrapando a peatones alcoholizados y en la onda. Fue entonces que comprendí y acepté su propuesta, te ayudo, te acompaño…La hospedería en realidad valía la pena, tenía su atractivo como para una trama literaria: un lento elevador de rejas, antiguos decorados de oro de imitación, alfombras que habían sido elegantes pero que olían a viejo, un cuarto con lavamanos muy hondo y diminuto y esos toscos aparatos de calefacción cerca de un desvencijado escritorio. Afuera, en efecto, se escuchaba, y se observaba, toda esa vida marginal que a mí también me produjo temorcillo: gritos, corretizas, sirenas, iluminación semioscura con anuncios de neón y las torretas de las patrullas. Tras instalarla y dejarla sana y salva, Teresa supo que dormiría tranquila porque, entre otras cosas, no hice el menor intento de proponerle alguna intimidad ni capté señales para ello. Había de ser así, porque, como me lo confesó, le habían dicho que me buscara, que precisamente me habían recomendado por mi probada tolerancia y respeto hacia los semejantes, por mi compromiso social y mis impulsos de ayudar a los demás sin venir al caso. Así que decidí dejarla dormitar con esa imagen, cuidar mi reputación, regresando en solitario, sin nada y poniéndome en riesgo callejero…pensaba: donde vine a preocuparme del qué dirán, en pleno San Francisco, en esta ciudad con toda su liberalidad que ya había comprobado y que ya no escandalizaba a nadie, a Teresa quizá, vaya, ni siquiera a un tipo tan conservador como mi ahora amigo el librero Andrés…

Por Manuel Murrieta Saldivar.
Del libro: La gravedad de la distancia: historias de otra Norteamérica.