Panorama Bajo el Puente

austedeslesconsta

Del Libro: A Ustedes les Consta: Antología de la Crónica en México de Carlos Monsiváis.

Ediciones Era / 1981.

a María Elena Madrid.

Desde hace años se han venido imponiendo en la ciudad espectaculares medidas viales que privilegian al transporte individual de los automovilistas; este hecho, de suyo grave, se ve enfatizado por aspectos más alarmantes: las construcciones para el transporte individual de los privilegiados no sólo posponen y soslayan el transporte colectivo de las masas, sino que lo dificultan, lo vuelven más moroso y molesto; destruyen el modo de vida de los lugares por donde cruzan y, además, tienden a demarcar tajantemente, a manera de ghettos, las poblaciones pobres (algunas de las cuales disfrutaban de cierto desahogo por una revoltura social que les atraía mayores servicios) que así se transforman en una casi subterránea ciudad de la miseria, sobre la cual se levantan rápidos, eficientes puentes, que permiten a los privilegiados cruzarla sin tocarla, incluso sin mirarla, transportándose por ellos en cosa de minutos de zonas residenciales a zonas residenciales. La función de los circuitos, periféricos, ejes viales, viaductos, vías rápidas, etcétera, resulta, pues, doble: comunicar entre sí a la ciudad del privilegio, y aislarla de la ciudad de la miseria, gracias a esas verdaderas murallas urbanísticas de las construcciones viales, un ejemplo perfecto: Tacubaya.

En los alrededores de la estación del metro Tacubaya, pongamos un kilómetro cuadrado, más o menos, hay dos enormes redes de transporte: una arriba de los puentes y otra debajo de ellos. Cruzan en un desmadejadero de túneles, pasos a desnivel, camellones, alambradas, puentes, accesos, escaleras, túneles, free ways, etcétera, todos a la vez y al mismo tiempo, el viaducto, el periférico, las carreteras llamadas avenidas Jalisco, Revolución, Parque Lira y Observatorio. Excepto en los momentos de atascamiento, el automovilista puede cruzar la red privilegiada en cosa de segundos. Con las obras de esas medidas viales, se organiza debajo de los puentes un enorme tránsito masivo: miles, quizás millones de personas, diariamente hacen colas en las docenas de terminales de camiones (urbanos y foráneos), peseros y el metro. Esas terminales están situadas al aventón y en desorden a la vera de puentes y avenidas, extraviadas entre armatostes de escaleras, túneles, camellones de tierra polvosa y cientos de puestecillos del comercio de la miseria, toreando a los rápidos vehículos y conductos del transporte privilegiado. Esa subterránea terminal de masas está improvisada y atenida a las necesidades del superior transporte individual, de modo que los pasajeros pueden perder más de media hora de una terminal a otra (el transporte colectivo exige, además, muchos transbordos), entre trepar, bajar, cruzar. Todo esto, añadido al tiempo de hacer cola, y al congestionamiento brutal de camiones y peseros (que no cuentan con ejes rápidos, sino con tortuosas calles estrechas por las que van desahogándose), suma un infierno de tiempo perdido, neurosis, calor, polvo, etcétera. Los segundos del transporte sobre el puente equivalen a más de una hora terrible debajo de él.

Estas dos redes de transporte destruyeron el modo de vida de la zona. Las construcciones del privilegio hicieron picadillo el asentamiento; casi no se puede avanzar cien metros sin toparse con una barrera urbanística. Se volvió lugar de paso. Las molestias del tránsito hacen que quien puede se largue a otro sitio; con ello la zona se proletariza y lumpenproletariza, y deja de recibir los servicios que la población anterior más revuelta socialmente, atraía: menos limpieza, menor salubridad, menos vigilancia, etcétera, etcétera. Se resignan a seguir viviendo ahí quienes de plano no tienen más remedio; viven desarraigados y a disgusto, e incluso con el miedo de que se les desaloje para continuar las obras. El desclasamiento de la zona cuenta su crónica viva en la Avenida Jalisco, que empieza en la esquina con Franklin, durante tres calles intenta sobrevivir con sus viejos comercios pequeños, ya en la esquina con Observatorio es calle de la miseria y sigue cuesta arriba, arruinándose entre carbonerías y destartaladas vecindades hasta lindar con el Periférico.

El tránsito masivo cambia la economía del lugar. Proliferan cientos de vendedores ambulantes y puestecitos. Cunden los hoteles de paso. Mientras en una zona “decente” actual difícilmente se encuentra un baño público, aquí levantan sus aventureras chimeneas, como de barcos de vapor en el Mississippi, los Lupita (con su fachada llena de muralescos galanes musculosos pintados a colores, en la culminación más espontánea de arte naif; gimnasio y box), los Tacubaya, los La Morena, los 1º.de Mayo, los Cartagena y así hasta pasar de la docena. Taquerías, mercados, almacenes de la miseria (El Taconazo, bodegas de ropa y discos, impresionantes expendios de cómics, publicaciones pornoamarillistas, esotéricas y religiosas; baratijas metálicas, lentes, peines y cosméticos, morrales y petaquines; aguas, fritangas, frutas… Todo se anuda en las salidas del metro a una placita sucia en la que lo único que funciona eficientemente es una placa enorme, esa sí lujosa, en la que nos enteramos del amor con que el presidente –letras doradas- GUSTAVO DÍAZ ORDAZ la dedicó a su solidario pueblo y tuvo a bien imponerle el preciso nombre de, oh, Charles de Gaulle.

Esa placita no muestra revolturas sociales; nadie que no esté jodido tiene qué hacer debajo del puente, y no hay vigilancia: ¿para proteger a quién? Dejad que los nacos entierren a los nacos. Por ello abundan, tirados por ahí, fugitivos de otros lugares donde la policía los atraparía de inmediato, los indigentes ebrios, motos o cementos, sobre todo los ancianos; es muy alta la proporción de borrachos en pleno mediodía, y abrumadora la de los desempleados que se pasan las horas haciéndose guajes a ver qué transa agarran…contra sus semejantes sociales. El cálculo es evidente: las zonas con revolturas de clase provocan problemas sociales, obligan a gastar mucho en servicios públicos y escapan al control político; es más rentable y seguro transformar –mejor dicho ratificar- la ciudad de México en un lago de ghettos miserables, del que escapen, aéreos, intercomunicados entre sí por altos, eficaces, veloces puentes, los islotes del privilegio.

La placita Charles de Gaulle, con sus menesterosos juegos de feria, su abrumador comercio ambulante, sus cómicos maquillados con gises de colores, va creciendo en tensión social conforme avanza la tarde. Ahí, y sobre todo en otra placita aún más pequeña, encerrada y absurda, junto al Taconazo, ocurre cualquier cosa y abundan las broncas. De hecho, no fueron construidas por amor al género humano, sino porque sobraron esos pedazos de terreno al construir las obras de transporte automovilístico. En algunas bancas circulares en torno a desastrados arbolitos o en plena banqueta, los más jodidos matan el tiempo, se conocen, se drogan o emborrachan, platican y, ¿de qué otra manera terminar su día?, discuten y se dan en la madre con cualquier pretexto.

1 Comment

  1. Revista Tijuaneo

    14 enero, 2011 at 14:38

    Gracias!.
    Seguiremos subiendo artículos interesantes 🙂