¡Humanoides en acción!

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Hoja de ruta para convivir con robots

Se busca perfil serio, eficaz… y no humano

El monje-robot fue construido en Toledo, hacia el año 1560, y aún se mueve si le das cuerda. Sus alpargatas ocultan unas ruedas que le permiten desplazarse y girar, mientras levanta el rosario y el crucifijo, o se da golpes en el pecho como acto de contrición. Mueve también la boca, como si quisiera hablar, accionando al mismo tiempo las manos.

El autómata de apenas 30 centímetros está considerado como el más remoto precursor del robot del siglo XX. Su autor fue Gianello Torriano, conocido también como Juanelo Turriano, un audaz inventor, ingeniero y relojero real. Recibió directamente el encargo de Felipe II, que quería agasajar a su hijo Carlos de Austria por su recuperación “milagrosa” con el pequeño y piadoso humúnculo, directamente inspirado en el fraile franciscano Diego de Alcalá.

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Mucho ha llovido desde entonces, y aquí tenemos otra aportación autóctona: el humanoide REEM, un robot de servicios “made in Spain” (fabricado por PAL Robotics), recién adquirido por el Museo de la Ciencia de Londres. REEM saldrá ocasionalmente estos días de las vitrinas para ejercer de guía, recepcionista y maestro de ceremonias de la exposición “Robots”: un singular viaje de casi 500 años a la obsesión del hombre por crear una máquina a su imagen y semejanza.

“Estamos ante la mayor colección de humanoides jamás desplegada bajo un mismo techo”, proclama el director del Museo de la Ciencia, Ian Blatchford. “Nuestra intención ha sido indagar sobre todo en el “por qué”, más que adentrarnos en “cómo” se construye un robot. Estas increíbles creaciones mecánicas revelan mucho sobre las esperanzas y los miedos, los sueños y los delirios de la especie humana“.

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La expresión más escalofriante de ese sueño es sin duda Kodomoroid, el androide más realista del mundo, en su primera aparición fuera de Japón. Kodmoroid parece casi una “geisha” angelical vestida de blanco, mirando fijo a la cámara y parpadeando como el común de los mortales, mientras recita las últimas noticias relacionadas con su “especie”: “Científicos británicos están colaborando con la NASA para lograr que su robot espacial, Valkyrie, resulte más humanos”…

Algún día, no muy lejano, los androides de comunicación como Kodomoroid nos darán las noticias en el telediario (tal vez redactadas por el Wordsmith, el Quill, el Quakebot o cualquier otro precursor del “roboperiodismo”). De la Universidad de Osaka nos llega también otro inquietante androide: Telenoid, un “avatar” de comunicaciones capaz de capturar y reproducir la voz y los movimientos del interlocutor al otro lado del teléfono, para lograr el efecto de una comunicación “física”.

Uno cierra de pronto los ojos y se imagina lo que podría ser pasar una noche en el Museo y en compañía de estos 100 robots, activados al mismo tiempo, tal vez obedeciendo las órdenes de ROSA, el robot “popular” construido en “open source” que lo vigila todo con un solo ojo y presume de una “estructura” irrenunciablemente humana.

El capítulo de robots inquietantes lo encabeza posiblemente el iCub, diseñado por el Instituto Italiano de Tecnología, algo así como un robot-niño que aprende por sí mismo observando, tocando e interactuando con los humanos. Kaspar, Nao y Zeno R25 son otros dos robots-niños, especialmente “expresivos”, que pueden ayudar a los pequeños con dificultades de aprendizaje. Pepper es quizás el más popular y simpático de los robots de compañía que responden a las emociones humanas (“¿me das un abrazo?”).

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RoboThespian, el robot-actor por excelencia, llega hasta aquí tras haber oficiado impecablemente una boda en China. Lucy e Inkha (con sus ojos saltones y sus labios insinuantes) rompen moldes en el capítulo de robots-recepcionistas. Y Nexi es un robot diseñado precisamente para analizar la conducta humana y explorar qué nos hace sentirnos cómodos o incómodos en compañía de la máquinas.

Con María, el legendario humanoide de “Metrópolis” de Fritz Lang, viajamos al futurismo de celuloide del siglo XX, hasta llegar al original T-800 de Terminator. Como sacados de “El Mago de Hoz”, vemos los primeros robots “lata”, con mención especial a Eric, el primer humanoide británico, que fue recibido a balazos cuando fue exhibido en Nueva York en el 1929.

De color metálico, pero mucho menos amenazante a los ojos de los humanos, tenemos finalmente el Robot-Cisne de Plata John-Joseph Merlin. El inventor belga que en 1773 concibió este prodigio de la mecánica, capaz de deslizarse por el agua imaginaria y capturar peces de plata. Tiempo después deslumbró a propios y extraños en la Gran Exhibición de París, y al cabo de más de tres siglos aún provoca el asombro colectivo de humanos y humanoides en el Museo de la Ciencia.

Carlos Fresneda / El Mundo

@cfresneda1