El sueño de Lu: la dimensión reprimida del alma

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Ciudad de México. Lucía carga con la congoja, la pena de haber perdido a su hijo. Por eso Lucía quiso suicidarse, por eso estuvo ingresada. Pasa como sombra por las calles y los mercados, y en las fiestas se siente más sola. Lucía desbarata retratos y curiosidades del hijo muerto. Porque los recuerdos la desbaratan a ella, la ponen a llorar.

Un día, se encamina a un improvisado viaje hacia el mar. Entonces, oye el canto de las ballenas y canta ella misma su pesar. Un viaje con el ánimo de recuperar el sentido de la vida, de que vuelvan las ganas de seguir siendo Lucía. Porque el dolor y la tristeza, el duelo y el vacío, la han empujado al borde de sí.

El sueño de Lu (2011) es una película dirigida por Hari Sama y protagonizada por Úrsula Pruneda, quienes vaciaron aquí vivencias personales tras la triste experiencia de haber perdido a su hija.

El segundo largometraje del también director de Sin Ton, ni Sonia (2003) se cuenta pausadamente, despacio y entre silencios, a manera de una partitura musical en tres movimientos a partir de la crisis de una madre extraviada en un abismo de sufrimiento por la pérdida de su hijo.

Una de esas dicotomías simples con las que la Naturaleza nos enseña su verdad, nos dice que como parte de la vida hay dos formas de dolor en una madre por su hijo. En el caso de Lucía, le aqueja no aquel dolor al momento del alumbramiento, cuando su pequeño Sebastián llegaba al mundo. No, a ella le afecta el dolor que le acongoja el alma, al saberse separada de él para siempre.

Diluida en su personaje, Úrsula Pruneda encarna a una mujer que se deshace en angustia durante más de 100 minutos, en un filme de pura contención interna. La labor de Pruneda le valió quedarse con el premio Golden Globet a la Mejor Actriz en 2012, así como el Ariel a mejor actriz en 2013.

El filme de Sama gira sobre la experiencia del duelo. Y el paso de su protagonista por la vivencia amarga de la pérdida exige un trabajo de constituirse en una nueva persona. Ahí encontramos lo lastimoso de su crisis, porque no consigue el recambio y la vemos todo el tiempo con la voluntad mutilada. Ante el llanto inevitable por el hijo muerto y la soledad consiguiente, Lucía se abandona en la dimensión reprimida del alma humana.

Alan Rodríguez / La Jornada

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