Pink Floyd, 1967

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La imaginación de Syd Barrett llevó a Pink Floyd hacia una psicodelia juguetona

Hace 50 años, Pink Floyd parecía otro grupo pop más. Los cuatro músicos se vestían en boutiques in y se fotografiaban payaseando con sus mejores galas por las calles de Londres. Aparecían en el televisivo Top of the Pops; actuaban en ballrooms y universidades. Respondían a entrevistas donde les preguntaban por su comida preferida y su color favorito.

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Sin embargo, estaban reventando las costuras de lo que se conocía como música pop. En directo, se presentaban con luces y proyecciones, desarrollando improvisaciones. En el estudio, plasmaban unas canciones caprichosas con arreglos insólitos, captados y manipulados en una grabadora de 4 pistas por el productor Norman Smith.

Habían descubierto lo que se denominaría psicodelia a la británica, muy diferente de la californiana, aunque ambas reflejaran la ingesta de LSD. Las canciones de Syd Barrett evocaban personajes excéntricos, viajaban al país de la infancia, acentuaban las peculiaridades del narrador, jugaban con las palabras y los sonidos. Y se hacían en Abbey Road, donde los Beatles confeccionaban su Sgt. Pepper’s.

Diego A. Manrique / El País