Inteligencia vs. apariencia: el falso dilema

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Chimamanda n. Adichie es una escritora nigeriana poco conocida entre los lectores de habla hispana, no obstante su crítica contra los daños más visibles que la colonización sigue dejando en África. Su postura feminista y política es evidente en sus obras, como Medio sol amarillo Americanah; empero, no le interesa generar un discurso abstracto, alejado de la problemática cotidiana de los personajes, sino justamente lo contrario: Ifemelu, la protagonista de Americanah, novela inédita en español, acude a un salón de belleza para alaciar su cabello rizado con tal de ser menos discriminada por la sociedad estadunidense y, peor aún, por los mismos migrantes africanos. La crítica feminista y postcolonial de Adichie se centra en la carga simbólica del cabello, la vestimenta, el calzado, la forma de hablar y de vivir la calle de la mujer negra, la cual puede hacerse extensiva, sin duda alguna, a cualquier otra mujer, independientemente de su raza y origen. En este sentido, Adichie también ha reflexionado sobre el problema de ser una escritora en una sociedad que juzga la apariencia de una mujer antes que sus logros intelectuales: “A veces me pregunto si una mujer tiene que ‘ganarse’ el derecho a ser ‘abierta’ acerca de la moda. Como si primero tuvieras que demostrar tus habilidades con tal de que tu aspecto no sea un obstáculo para tu inteligencia.” Y es que Adichie es amante de los libros y de la moda, dos ámbitos que la intelectualidad considera irreconciliables. El primer texto es una entrevista publicada en el The New York Times, en noviembre de 2016, que aborda la reciente participación de Adichie en una campaña de publicidad de cosméticos, y su presencia en la semana de la moda en París, gracias a que Maria Grazia, la primera mujer directora creativa de Dior, utilizó el lema “Todos deberíamos ser feministas” de Adichie en los estampados de su colección de otoño. El segundo es una memoria autobiográfica publicada en la revista Elle en 2014. Además de la problemática socioeconómica y cultural que conllevan la ropa y la apariencia de mujeres y hombres, la perspectiva de Adichie invita a preguntarnos por qué no concebir el arreglo personal como una cortesía hacia los demás •

Georgina Mejía

¿Por qué a una mujer inteligente no puede gustarle la moda?

Chimamanda N. Adichie

Desde niña me gustaba observar a mi madre arreglándose para ir a misa. Doblaba, torcía y sujetaba su ichafu hasta que semejaba una flor gigantesca sobre su cabeza. Enrollaba su george –una tela gruesa tejida con aplicaciones, siempre en colores brillantes como el rojo, el morado o el rosa– en dos capas en torno a su cintura. La primera capa, la más larga, llegaba hasta sus tobillos; la segunda formaba elegantes tablones que bajaban hasta sus rodillas. Su blusa de lentejuelas capturaba la luz y resplandecía. Sus zapatos y su bolso siempre com-binaban. Sus labios coloreados brillaban. Su perfume de Dior Poison seguía todos sus movimientos. También me gustaba la manera como me vestía con mi pequeña ropa de niña: calcetas rematadas con encaje que llegaban hasta mis pantorrillas, mi cabello esponjado recogido en dos coletas. Mi recuerdo favorito es una mañana de domingo: mi madre estaba sentada frente a su tocador y puso un collar alrededor de mi cuello; era una fina cadena de oro con un dije de pescado. La boca del pescado estaba abierta, como si el animal estuviera sorprendido.

Mi madre también se vestía con prendas coloridas para ir a su trabajo como administrativa en la universidad: trajes con falda; vestidos femeninos con vuelo, ceñidos por la cintura; tacones bajos. Era elegante, pero no era la única. Otras mujeres Igbo de clase media también invertían en joyería de oro, en zapatos, en su apariencia. Buscaban a los mejores sastres para que les confeccionaran ropa a ellas y a sus hijos. Si tenían suerte y viajaban al extranjero, compraban ropa y zapatos. Hablaban del arreglo personal casi en términos morales. Aunque eran pocas, las mujeres que no anduvieran bien vestidas y perfumadas eran mal vistas, como si su apariencia fuera una deficiencia de carácter. “No parecen personas”, diría mi madre.

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Cuando era adolescente, busqué trajes para combinarlos con blusas tejidas de los años setenta. Tomé unos viejos pantalones de mezclilla de mi madre y los llevé con una modista para convertirlos en una minifalda. Una vez me puse una corbata de mi hermano, anudada como si fuera hombre, y fui a una fiesta. Para mi cumpleaños diecisiete, diseñé un maxivestido halter, con un escote bajo en la espalda, y el cuello rematado con perlas de plástico. Mi sastre, un hombre amable que estaba sentado en su puesto del mercado, me miraba perplejo mientras le explicaba lo que yo quería. Mi madre no siempre estuvo de acuerdo con mis formas de vestir, pero lo que le importaba era que yo hiciera un esfuerzo. La nuestra era una vida relativamente privilegiada, pero darle importancia a nuestro aspecto –y aparentar que en efecto así era– trascendía las clases sociales en Nigeria.

Cuando me fui de casa para ir a la universidad en Estados Unidos, me alarmó cuán común era la informalidad en el vestir. Estaba acostumbrada a la informalidad bien cuidada –playeras planchadas, pantalones de mezclilla a la medida–, pero parecía que los estudiantes habían sido sacados de sus camas en pijama para ir a clases. Los shorts en el verano eran tan cortos que parecían ropa interior y, cómo era posible, pensaba yo, que la gente fuera en chanclas a la escuela.

Sin embargo, me di cuenta rápidamente de que algunos de los atuendos que habría usado de manera informal en una universidad nigeriana no tendrían cabida aquí. Hice algunos cambios para adaptarme a mi nueva vida en Estados Unidos. Siendo una amante de los vestidos y las faldas, empecé a usar más mezclilla. Caminaba mucho más, por lo que empecé a dejar los tacones, aunque siempre me aseguraba de que mis flats fueran femeninos. Me rehusaba a usar calzado deportivo fuera del gimnasio. Una vez, una amiga me dijo: “Te ves demasiado elegante.” Vi que tenía razón, sobre todo para una estudiante de licenciatura, con mi blusa de manga corta, pantalones de algodón y plataformas. Pero no me sentía incómoda. Me sentía bien conmigo misma.

Mi vida de escritora cambió todo eso. Los cuentos en los que había trabajado durante años finalmente recibían lindas cartas de rechazo, escritas a mano. Iba progresando de alguna manera. Una vez, en un taller, sentada con otros escritores principiantes, alimentábamos nuestras esperanzas al ver a los maestros: escritores reconocidos que parecían flotar gracias a sus logros. Al ver a uno de ellos, uno de los escritores en ciernes dijo: “¡Miren su vestido y su maquillaje! No te la puedes tomar en serio.” Yo pensé que la mujer era atractiva y admiré la gracia con que caminaba en tacones. Pero me sorprendí a mí misma pensando de la misma manera. Sí, sin duda uno no podía tomarse en serio a una autora de tres novelas porque usaba un vestido bonito y dos tonos de sombras para ojos.

Aprendí una lección de la cultura occidental: las mujeres que quisieran ser tomadas en serio debían acentuar dicha seriedad con una estudiada indiferencia sobre su aspecto. Para las escritoras serias en particular, era mejor no vestirse bien del todo, porque si lo hacían, entonces era mejor fingir que no le habían dado tanta importancia. Si hablaban sobre moda, debía ser como apología o en tono de burla. Y qué mejor si tus gustos estaban alejados de lo establecido. La única circunstancia bajo la cual debía importarte la ropa era para tomar una postura y crear la imagen de una especie de contracultura desafiante y ecléctica. No podía ser por el mero placer de la ropa en sí misma.

Author Chimamanda Ngozi Adichie's essay "We Should All Be Feminists" has gone out to high schoolers in Sweden. Adichie also wrote the novels Half of a Yellow Sun and Americanah.

Author Chimamanda Ngozi Adichie’s essay “We Should All Be Feminists” has gone out to high schoolers in Sweden. Adichie also wrote the novels Half of a Yellow Sun and Americanah.

Una editorial prestigiosa compró mi novela. Yo tenía veintiséis años. Estaba ansiosa por ser tomada en serio. Y así comenzaron los años en que tuve que fingir. Escondí mis tacones. Me dije que el anaranjado, que le sentaba tan bien a mi tono de piel, era demasiado chillón. Mis aretes largos eran exagerados. Usaba ropa que normalmente hubiera considerado sin ninguna gracia, nada demasiado brillante, ajustado o especial. Tomé decisiones pensando en cómo debía ser una escritora seria. No quería aparentar que me esforzaba por verme bien. También quería verme mayor. Ser joven y mujer parecía ser una mala combinación si quería ser tomada en serio.

Una vez llevé un par de tacones a un evento literario, pero los dejé en mi bolsa y preferí usar unos flats. Un viejo amigo me dijo: “Ponte lo que quieras; tu trabajo es lo que importa.” Pero era un hombre, y pensé que para él era muy fácil decirlo. Intelectualmente, estaba de acuerdo con él. Le habría dicho lo mismo a alguien más. Pero me tomó muchos años empezar a creerlo de verdad.

Tengo treinta y seis años. Por primera vez, en mis últimas presentaciones llevé puesta ropa que me hacía feliz. Mi atuendo favorito eran unos shorts estampados, una blusa de tejido damasco y tacones amarillos. Quizá se debe a la confianza que uno obtiene cuando envejece. Quizá es la buena suerte que he tenido en ser publicada y leída con seriedad, pero ya no finjo que no me interesa la ropa. Porque sí me interesa. Amo el tejido y la textura. Amo las faldas largas de encaje con cinturas ceñidas. Me encanta el negro y el color. Me gustan los tacones y los flats. Me encanta el detalle. Me fascinan los shorts, los maxivestidos y las chamarras femeninas con mangas acolchadas. Me encantan los pantalones de colores. Y amo ir de compras. Adoro a mis dos maravillosos sastres en Nigeria, con quienes intercambio bocetos y sugerencias. Admiro a las mujeres bien vestidas y siempre procuro decírselo. Sólo porque sí. Ahora me visto pensando en lo que me gusta, en aquello que creo que me hace ver bien y que me queda bien, en aquello que me pone de buen humor. Me siento yo misma otra vez –lo cual es cierto aunque suene trillado.

Quizá de manera un poco fantasiosa, me gusta pensar en que todo esto es una manera de volver a mis raíces. Finalmente, crecí en un medio en el que el profesionalismo de una mujer no era incompatible con su interés en la apariencia; es más, se esperaba que una mujer que quería ser tomada en serio tuviera cuidado con su aspecto.

Mi madre hizo historia como la primera mujer en ser académica administrativa en la Universidad de Nigeria en Nsukka; sus discursos en las reuniones del Senado eran famosos por su elocuencia y genialidad. A sus setenta años aún siente amor por la ropa. Sin embargo, nuestros gustos son muy distintos. Ella quisiera que mis gustos fueran más convencionales. Le gustaría verme con joyería que combinara, con cabello largo y ondulado. (En su mundo, es mejor un juego de joyería de oro que veinte de lo que ella llama “de fantasía”; en su mundo, mi cabello rizado está más bien “desaliñado”.) Sin embargo, soy la hija de mi madre, y por tanto invierto en mi apariencia •

Traducción del inglés de Georgina Mejía.