Botero presente en el CECUT con “Viacrusis, la Pasión de Cristo”

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Cristo hoy en día o… Botero en Tijuana

Botero ha entregado en Viacrucis una interpretación contemporánea de la infamia, parece afirmarlo con el volumen y tamaño de las figuras que dominan las pinturas, en fondos alejados hay casas o paisajes de los recuerdos infantiles del artista en contradicción con el suplicio de Jesús.

Un óleo no exento de ironía es Crucifixión (2011) donde un Cristo de piel cetrina no llama la atención de los paseantes en el Central Park ni quita majestuosidad a los edificios que circundan Manhattan, su permanente martirio es intemporal, ajeno a la vida ajetreada de las ciudades.

La traición es un tema fundamental en Viacrucis; a partir de que Jesús es entregado por Judas comienza su tortura y se desarrollan los sucesos registrados en la Biblia que desencadenan en su muerte injusta.

Botero plasma el dolor de una madre enorme, de ojos que parecen llorar sangre, en su expresión hay un mirar hacia adentro, la boca ancha sugiere un lamento ruidoso, a la altura de la tragedia que la embarga a ella y al mundo entero.

La tortura no es coincidencia

Es posible establecer una relación entre Viacrucis y la serie Abu Ghraib (pintada entre 2004 y 2005) sobre la intervención de Estados Unidos en Irak; la prensa norteamericana publicó un reportaje sobre las vejaciones a los reclusos iraquíes por parte de los soldados norteamericanos en la cárcel de Abu Ghraib, cerca de Bagdad (2003), un indignado Botero plasmó cada tortura sin suavizar ningún detalle, razón por la que muchos museos se negaron a presentarlas.

La cabeza de Cristo (2010) es el equivalente de Abu Ghraib 66 (2005), las dos obras muestran a un hombre barbado con la boca abierta en rictus de dolor, sudan sangre representando con ello la máxima atrocidad que se puede ejercer contra un ser humano.

Los óleos de Abu Ghraib son crudos y violentos, no hay espacio para apartar la vista de la tortura, no se puede cambiar el canal, cerrar la computadora o el celular, en este sentido Viacrucis es también un llamado a no apartar la mirada de los atropellos cotidianos, pareciera que Botero tiene la mala costumbre de llamarnos a gritos con personajes rollizos, contrastando con el muy citado humor en la obra de Botero, al revisar su obra hay escenas que nada tienen de cómicas.

En Viacrucis el dolor de las mujeres es real, sus rostros sugieren un llanto a gritos, todo es profético: un abrazo descomunal, la caída de estrepitosa de Cristo capaz de hacer temblar la tierra, su flagelación en medio de un conjunto de casas en donde los vecinos nada hacen por ayudarlo, su cuerpo verdoso que reposa sobre una losa acompañado de mujeres y ángeles venciendo la gravedad: todo es el vaticinio cumplido.

Relojes para recordar

El beso de Judas es una pieza en la que el propio Botero aparece retratado en una esquina del óleo con el índice derecho a medio levantar, al lado de los que quieren advertir al mesías sobre el traidor, Jesús alza la mano a su vez acallando las advertencias; asume lo que está escrito y debe consumarse.

La piel de judas es azulada. El traidor está muerto en vida desde que mercantiliza la vida de Jesús.

Su reloj de pulsera delata a todos los traidores que le han sobrevivido, los del siglo pasado, los que toman café en nuestra compañía y saben deslizarse por la oportunidad que da la confianza.

Hay varios relojes de pulsera en otros óleos de Viacrucis, un constante recordatorio de la infamia intemporal, promesas sin cumplir, postergaciones humanas. No hemos superado el continuo suplicio del más débil.

La madre de Jesús

Botero presenta a una mujer envejecida y rolliza que acompaña a Cristo en su última caminata, es quien ayuda a bajarlo de la cruz y después, acompañada de ángeles toca el cuerpo del redentor sin vida, en un escenario que puede ser cualquier cementerio de Colmbia o México.

Es la madre, después de Cristo, quien cuenta con su expresión el dolor de todas las que pierden a sus hijos en secuestros y a la hora de partir buscando cruzar un muro que sólo les puede garantizar la muerte. Sobrevivir es ganancia.

Dibujos como historias

Los dibujos a lápiz que acompañan a los óleos de gran formato son parte importante de Viacrucis, cada uno de ellos es una historia completa; se puede encontrar a Poncio Pilatos lavándose las manos, Simón, vistiendo ropas de obrero, ayudando a Jesús a llevar la cruz.

Su trazo es seguro, signo de que la obra ya estaba hecha en la mente del pintor, no hay duda en su composición ni en los colores sugeridos sobre el lápiz, la línea narra la técnica y precisión de la mente a la mano.

La casa de Botero en Viacrucis

La reflexión pictórica de Botero va más allá de la narrativa popular de escenas bíblicas clave, él ha querido traernos su casa; porque como anota Gaston Bachelard en su Poética del espacio: “Cuando vuelven, en la nueva casa, los recuerdos de las antiguas moradas, vamos al país de la infancia inmóvil, inmóvil como lo inmemorial. Nos reconfortamos viviendo recuerdos de protección. Algo cerrado debe guardar a los recuerdos dejándoles sus valores de imágenes. Los recuerdos del mundo exterior no tendrán nunca la misma tonalidad que los recuerdos de la casa. Evocando los recuerdos de la casa, sumamos valores de sueño, no somos nunca verdaderos historiadores, somos siempre un poco poetas y nuestra emoción tal vez sólo traduzca la poesía perdida.”

Habitamos en Viacrucis el hogar de Botero, con la suave y redonda carne que nos ha regalado en su obra, testigos de la reflexión de un hombre que no ha pintado gordos sino una realidad exaltada en la que todos tenemos algo de grandiosidad y pequeñez al mismo tiempo.

Una corpulencia cálida

El 30 de diciembre de 2012 corrí a refugiarme de un frío paralizante que en mi vida había sentido antes de esa fecha, traía las mejillas enrojecidas por el viento helado mientras los habitantes de la Gran Manzana reían y deambulaban despreocupados en busca de regalos atrasados o pan recién horneado para la cena de Año Nuevo.

El ambiente y la gente neoyorquina me pareció fría también, Central Park lucía apagado con árboles desnudos y ardillas indiferentes. Cuando ya no soporté el dolor de huesos entré al primer edificio que encontré, dos esculturas enormes me dieron la más cálida bienvenida que hasta ese momento había sentido: el Adán y Eva de Fernando Botero.

Sus cuerpos vaciados en bronce, de casi cuatro metros de altura, su figura voluminosa de piernas anchas y firmes me invitó, como a todos los que transitan a su alrededor en el Time Warner Center, a tocarlos. Surgía extraña calidez en esos personajes del artista colombiano, asombro por la corpulencia de los cuerpos. Esa misma fascinación pude experimentar en la exhibición de Viacrucis, la pasión de Cristo, inaugurada el pasado 27 de marzo en el Centro Cultural Tijuana.

La asistencia a dicha muestra fue copiosa y con seguridad se mantendrá constante como en cada museo en que se ha presentado. La exhibición consta de 27 óleos y 34 dibujos donados en 2012 por Botero al Museo de Antioquia, en un gesto por demás generoso al celebrar sus 80 años; qué mejor fiesta que darse el gusto de ceder obra a su país natal.

Iliana Hernández Partida / La Jornada

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