El miedo a tener miedo

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El torero mexicano Luis Procuna decía que él vivía en cada corrida tres miedos: uno, el del toro; dos, el del público, y tres, el miedo de tener miedo. Vaya si sabía de miedos el llamado Benedicto de San Juan. Donald Trump amenaza con invadir México. Cierto o no, la bestia feroz de la rumorología nos coloca ante el miedo de tener miedo. Úlcera devoradora de la carne de la república toda con un deseo insatisfacible y por eso peligrosísimo para una sociedad que sólo quiere vivir sin megalomanía de poder.

La vida se torna una persecución cotidiana que enloquece por el miedo a ser engullido. Recuerda el espíritu de los grandes dictadores tras la confusión. Cada enfrentamiento deja a la sociedad con un sabor a muerte, a putrefacción, a caída infinita al abismo. Farsa violenta, desafío furioso que asombra, indica el fracaso de lo propio, el desaparecer de límites y reglas, hacía un pasaje interior, regresivo. Persecución generadora de pánico que paraliza, atonta, aturde y carga de angustia desgarradora, sin salida.

El yo mexicano se descubre herido, sangrante, humillado, intenta remediar pérdidas sin saber cómo. Mientras, tendrá que surgir la perversión sadomasoquista de ese miedo manifiesto al horror de ser uno solo para placer sádico omnipotente de otro. A mayor miedo más violencia del sádico. Alimento a su vacío. La historia de las dictaduras y sus fanáticos.

Sufrimiento, repliegue sobre sí mismo al silencio calmante y consolador entre lamentos. ¿Quién es este dictador que se enfrasca en una lucha moderna y que le quita la lozanía a los árboles, pájaros, trinos, la tranquilidad a los niños, a la sociedad total? El eco repite salvajes alaridos –los marines, los marines–, la ciudad es presa del pánico al igual que todo el país. Arroja sus temblorosos círculos de luz y sombra e interfiere el silencio de la noche mexicana.

El país se va llenando de un involuntario terror, entre el asombro y la indignación, necesitando aprender un nuevo modo de vida en la misma violencia. Con un país vecino fuertemente equipado de armas nucleares de alto poder. Ante la imposibilidad de huir, solos encerrados en amalgama disparatada de ideas que nos tienen en el pánico, disperso, lo que empieza hacer una confusión televisiva, de no saber, si es programa de ciencia ficción o la misma realidad.

México vive un sonido de largo tiempo, lleno de rumores extraños, ligeros ladridos de perros, voces confusas, palabras inteligibles, ecos de pasos que van y vienen, respiración con fatiga, estremecimiento involuntario, bocas secas, nudos en la garganta, temblor de manos y piernas.

Mientras, la noticia es confusa, sin forma ni color, sombras futuras que llaman y se van. Ante la pérdida de soberanía, la intranquilidad. Sólo recuerdos, muchos recuerdos inelaborables, sobre esta úlcera del país que carcome su geografía, corre desenfrenada por el dolor. Inestabilidad ineludible, que se introduce en el cuerpo sin poder eliminarla.

El miedo a tener miedo es peor que el propio miedo: paraliza (citado por José Bergamín).

José Cueli / La Jornada