Guillermo Arriaga: «La gran fuerza de América Latina es su cultura»

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El mexicano, responsable de historias como «Amores perros» o «21 gramos», regresa a la novela casi veinte años después con «El salvaje»

Abstinencia de Trump. Eso es lo que pide Guillermo Arriaga (Ciudad de México, 1958). El escritor y cineasta mexicano, creador de historias como «21 gramos», «Amores perros» o «Babel», visita estos días España para promocionar su nueva novela, «El salvaje» (Alfaguara), y se ha visto sorprendido por un torrente de titulares que, en lugar de enfocar su historia, la que ha querido contar en cinco años y medio de largo trabajo, se centran en el nuevo presidente de Estados Unidos. Y no es que Arriaga no quiera hablar de él. Simplemente está cansado. Harto. Agotado. El mexicano, consciente de la responsabilidad que han tenido (y tienen) los medios en la creación del «fenómeno Trump», aboga por el silencio, por retirarle la atención y dejarle sin escenario. Quizás tenga razón, y sea mejor apagarle las luces y ver cómo reacciona… Entretanto, la literatura centra esta conversación sobre una novela río que, como la propia vida, confluye en un mar de muerte.

«El salvaje» es su regreso a la novela después de casi veinte años. ¿Por qué tanto tiempo?

En todo ese tiempo escribí otra novela que no quise publicar porque era demasiado dura.

¿Sobre qué trataba?

Era una cosa muy dura, no vale la pena ni retomarlo. Era muy oscura, demasiado oscura. Me dediqué al cine, dirigí películas…

Estamos hablando de la época de «Amores perros», «21 gramos»…

Exacto. Disfruté mucho de ese periodo, pero durante los últimos años me dediqué a escribir «El salvaje». Las historias tardan años en madurar. Cuando alguna vez García Márquez dijo que tardó 28 años en decidirse a escribir «Cien años de soledad», porque estaba en su cabeza gestándose, dije: «¡Qué exagerado es el Gabo!». Pero tenía toda la razón. Yo esta historia la empecé a ver cuando tenía 14 o 15 años, a través de una serie de vivencias que tuve en el barrio en el que viví.

En Unidad Modelo, de donde es el protagonista, Juan Guillermo, y donde transcurre buena parte de la novela.

Sí, y a partir de ahí ahí se fueron uniendo varias historias. Pero no soy un escritor que tiene absoluta claridad cuando escribe.

Es curioso lo que dice porque, más allá de si Juan Guillermo es o no su alter ego, sí es cierto que en esta novela Guillermo Arriaga está más presente que en otras de sus historias.

Sí, el Juan Guillermo fue por dos cosas: para hacerle un homenaje a mi amigo Pedro Juan Gutiérrez, porque él le pone Pedro Juan a sus personajes; y luego quería que hubiera confusión sobre si es o no autobiográfica.

Sáqueme de la confusión, entonces.

Es muy personal, pero más que autobiográfica es vivencial. Es aprovechar todas aquellas experiencias que me han acontecido a lo largo de los años para transformarlas en material narrativo.

En un momento de la novela, Juan Guillermo dice: «En este país, corrupto e impune, sólo cabe la venganza». Y eso que la historia transcurre en el México de finales de los 60 y principios de los 70…

Desafortunadamente, la justicia es ciega. La justicia en México sigue siendo uno de los problemas más grandes que hay. Si tienes dinero, la libras. Prácticamente no ha cambiado de como está escrito en el libro.

¿Y qué sensación le queda, al haber mirado por el retrovisor y ver que no sólo no avanzamos sino que en muchas cosas vamos hacia atrás?

El modelo económico que se impuso en los año 80 terminó por exacerbar las diferencias sociales. México se hizo un país muchísimo más violento del que yo conocí.

¿Hay algún modo de combatir esa violencia? Más allá de, lógicamente, denunciarlo, y la ficción no deja de ser una forma de denuncia.

Es una forma de denuncia, aunque no a propósito. Yo no escribí un panfleto político. Yo escribí una situación que viví. Es real. Y, una vez que terminas de escribirla, descubres lo que hay dentro de ella. Porque mientras estás escribiendo, es un misterio. El proceso de escribir es misterioso, incluso para el autor.

¿Es Donald Trump el mayor problema que tiene México?

Yo creo que el problema mayor ya no es de México o de Estados Unidos. El problema mayor es una crisis en el sistema económico mundial. Está claro que Reagan y Thatcher empujaron para imponer este modelo y provocaron una concentración del ingreso bestial. Eso dejó a sectores de la población completamente desprotegidos en todo el mundo. Y eso es un caldo de cultivo para la violencia.

Para la violencia y para los fanatismos. Ese es el momento en el que surgen personajes como Trump, en Estados Unidos, o Marine Le Pen, en Francia.

La intolerancia viene del miedo y de la abstracción. Cuando el mundo empieza a ser abstracto para ti, te quieres ir a lo concreto. Cuando el mundo es confuso, te vas a lo más cercano y el otro se convierte en un enemigo. Creo que el sentido de nosotros, de los escritores, es captar qué es lo que está sucediendo; de alguna manera nuestro inconsciente lo capta y lo empieza a plasmar, incluso un poco antes de que sucedan las cosas. El inconsciente de un escritor está recogiendo información constantemente.

Y, según lo que capta su inconsciente, ¿es usted pesimista?

No, yo soy un optimista compulsivo. A veces es necesario depurar todos los malestares que hay, y que los encarnan los políticos. En la sociedad hay un malestar real. Trump no surge porque quiso surgir.

¿Y por qué surge?

Porque hay un malestar. Pero ese malestar afecta a un núcleo que está perdiendo sus privilegios.

Lo que hay, en realidad, es una desconexión entre ese núcleo y la clase alta.

Sí, lo previó Marx en «El capital», las contradicciones propias del capitalismo. Cada vez enajenas más al trabajador, le quitas más y más y más posibilidad de vivir. Se «Walmartizó» el mundo. Las corporaciones desbarataron los negocios. Los dos países que más impulsaron este modelo económico, los dos más rabiosamente neoliberales, ahora están arrepentidos.

Estados Unidos e Inglaterra.

Claro, ellos empujaron la globalización. Estados Unidos ponía una dictadura en cada país de América Latina que no quería someterse al capitalismo: Chile, Argentina, Uruguay, Brasil… Dictaduras feroces con tal de que Estados Unidos pudiera seguir accediendo a las materias primas, para seguir impulsando el capitalismo.

Me llama la atención cómo esa clase baja, oprimida por el capitalismo, elige, para que la saque de esa situación, a alguien que encarna a la perfección ese sistema económico: Donald Trump.

Los trabajadores americanos blancos siempre votan en contra de sus intereses. Ellos no tienen la visión del mundo para darse cuenta de que no es el emigrante, no son los productos de México o China, los que le están quitando trabajo; es el corporativismo.

Me gusta eso que ha dicho de que es un optimista compulsivo. Estos últimos días recordaba aquella frase de Walter Benjamin: «Tenemos que organizar nuestro pesimismo».

Yo creo que tenemos que organizar nuestro optimismo. Estados Unidos está mostrando su mejor cara; México también. Tampoco hay que ser tan catastróficos.

Hombre, no es ser catastróficos, pero yo me resisto a pensar que las generaciones venideras estén destinadas a crecer en un mundo rodeado de muros.

No va a pasar eso.

¿Usted cree?

No, no va a pasar.

¿Sabe lo que pasa? El año pasado, cada vez que entrevistaba a un escritor latinoamericano o estadounidense le preguntaba si creía que Trump llegaría a ser presidente. Y la respuesta siempre era la misma: Eso no va a pasar.

Yo sí dije que iba a pasar. De hecho, fue muy reñido, ganó por 77.000 votos, susceptibles de ser manejados por Rusia. Pero no es tan fácil, tampoco…. Una cosa es que haya ganado por un sistema completamente amañado, porque el FBI trabajó a su favor, y Rusia, y hasta Julian Assange… Pero bueno, regresemos a la novela, que si no me pierde…

Es cierto, regresemos. Se define como «un cazador que escribe».

Sí.

¿Y qué presa persigue al escribir?

Yo creo, y el libro lo demuestra, que necesitamos regresar a un vínculo con la naturaleza. Necesitamos entender la naturaleza que habita dentro de nosotros. Vivimos en una negación de la naturaleza. La muerte se ha convertido en algo obsceno, envejecer se ha convertido en algo obsceno. La gente se niega a envejecer. Estas cirugías plásticas, estos «mapaches» que se ponen en la cabeza… Eso es negar la naturaleza.

Ya lo dice en la novela: «Una naturaleza que jamás termina por domesticarse». A lo mejor el problema es ese, que tratamos de domesticar algo que no puede ser domesticado, que es salvaje.

Y la naturaleza se da la vuelta.

Y se vuelve contra nosotros.

Pero también a nivel micro: no sólo la naturaleza de fuera, sino la que sale de dentro de uno mismo. Hay una sobredosis de civilización, en ciudades como esta, como México. Se ha hecho todo tan «nice», tan bonito, tan tierno, tan políticamente correcto, tan dulce…

Como bien demuestra en esta novela, y en todas sus historias, la muerte es una parte consustancial de lo que somos y, sin embargo, vivimos sin ser conscientes de ello.

En el momento en el que no eres consciente de la muerte, no tienes sentido de finitud y la vida se convierte en algo blando y gelatinoso. La gente no pelea por las cosas que quiere.

¿Usted es consciente de esa finitud?

Claro, acá una muestra (señala el libro). ¿Sabe lo que es estar sentado 16 horas al día durante cinco años? Si no soy consciente de que me voy a morir, ¿para qué dedico tanto tiempo? Un libro siempre es una apuesta.

Ese sentido de finitud… ¿lo tienen todos los novelistas?

No lo sé. Yo tengo una serie de calaveras y cada vez que tengo mucho cansancio me digo: Guillermo, te vas a morir.

Pero también es verdad que en México la muerte está más presente en la cultura.

Yo creo que eso es un cliché. No es así. Es una tradición indígena. Obviamente, vivimos con una violencia extrema. Otros novelistas mexicanos no hablan de la muerte ni por error.

Usted sí. ¿Por qué?

Son obsesiones.

¿Se ha preguntado alguna vez de dónde viene esa obsesión?

No quiero saberlo. ¿Para qué? Si viene de algún lugar, ¿qué gano con ello? Hay gente que me dice: «Hazte un psicoanálisis». Yo digo: «No. ¿Y si me quitan las neurosis, con qué escribo?». Las pulsiones con las que uno escribe son muy misteriosas.

¿Qué prefiere, que le definan como novelista o como cineasta?

Como narrador.

O sea que cree que es posible trasladar las formas de la novela al cine.

Es lo que intenté. En «21 gramos» incluso lo llevé al extremo.

¿Se atrevería a adaptar «El salvaje» al cine?

No, no, no, en absoluto.

¿Dejaría que lo adaptaran?

Por ahora no, y sólo si me pagan muchísimo dinero, cantidades obscenas de dinero.

Deduzco que las dos experiencias previas no fueron muy satisfactorias.

Y una la produje yo… En «El búfalo de la noche» no solamente no me pagaron, me robó el socio financiero.

¿Le gusta Hollywood?

Hollywood no es un bloque. Hollywood es un conglomerado de personas con intereses muy diversos. Hay gente con impecable gusto y con ganas de hacer buenas películas; hay gente con impecable gusto, con ganas de hacer buenas películas, pero que tiene que entregar resultados y hace películas malas. Hay gente con muchos matices. Y es un conglomerado bastante tolerante, bastante respetuoso.

Pese a los lobbys.

No hay tantos lobbys. Es más algo que la gente ve desde fuera. Hay intereses, como en todos lados, y hay grupos de poder, como en todos lados. Pero de ahí a creer que es un bloque…

Lo que está claro es que la presencia de América Latina en Hollywood es un proceso imparable.

Yo he sido profundamente respetado.

Quizás haya llegado, por fin, el momento de América Latina, en general.

El momento de América Latina va a llegar a través de la cultura. La gran fuerza de América Latina es su cultura. Es la manera más fácil de construir puentes, realidades. La cultura no puede dar respuestas, pero sí ayudar a formular preguntas.

Inés Martín Rodrigo / ABC

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«El salvaje»

Guillermo Arriaga. Alfaguara. 624 páginas.

A los 17 años, Juan Guillermo se queda huérfano. Hace tres años, Carlos, su hermano mayor, fue asesinado y, abatidos por el pesar, sus padres y su abuela mueren. Mientras lucha con la rabia de la venganza, conoce a Chelo, una joven de la que se enamora y que impide que acabe autodestruyéndose. En paralelo transcurre la historia de Amaruq, un hombre que en los bosques del Yukón, obsesionado con capturar un lobo, se desliza hacia las profundidades de la locura y la muerte.