Antonio Ortuño, el escritor de ese “México de la chingada”

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El escritor explica su visión de su país en la era Trump

Antonio Ortuño (Zapopan, 1976) no escribe para fantasear con un mundo mejor. “Lo más suave que imaginé para mi primera novela, El buscador de cabezas, es que decapitan a alguien”, dice. Ese México desigual y violento, que se ríe de sus propias desgracias, es el protagonista de su obra. “Detesto a Donald Trump, pero los mexicanos somos los primeros culpables de las acusaciones de racismo y genocidio”.

Aunque no sería tan disparatado, Ortuño rechaza la idea de convertirse en la voz de los indignados de México. Sus columnas -en Más por Más y El Informador– son mordiscos en la cara de las corruptas élites políticas, sopapos dirigidos a la cómoda indiferencia de las mayorías. “Para mí son más importantes los Sex Pistols que García Márquez”, confiesa con total sinceridad (las provocaciones gratuitas no van con el personaje).

Antonio Ortuño luce una gorra con remaches punk y carga con una enigmática mochila. En su país es una estrella del rock, a su pesar. En 2011 fue nombrado escritor del año por GQ. La revista británica Granta lo incluyó en su influyente lista entre los mejores narradores jóvenes en castellano. Su segunda novela, Recursos humanos, fue finalista del Premio Herralde en 2007. Tusquets va a recuperar toda su obra, el año pasado editó la colección de cuentos Agua corriente. Con su último libro, El rastro (2016), un atípico relato juvenil, ha vendido 25.000 copias en pocos meses.

“Es muy difícil vivir de la literatura en este país, donde se lee tan poco. En México somos más de 120 millones, pero los libros de escritores respetados apenas llegan a las mil copias, alguien que venda bien puede alcanzar los 6.000 ejemplares”, lamenta. Por eso se decantó por el periodismo. Trabajó en la última etapa del diario Siglo 21, referencia progresista durante dos décadas en Guadalajara, su ciudad. Allí se desfogó y aprendió el oficio, pronto alcanzó puestos de responsabilidad. “A medida que la gente iba renunciando, el ascenso era espectacular”, bromea.

Entonces saltó al diario Público, donde comenzó editando las columnas de plumas con peso como Juan Gelman. “De Opinión pasé a Internacional, Cultura y Cierre, hasta llegar a ser responsable de redacción. Fue entonces cuando me di cuenta de que ganaba una miseria como periodista”.

Su vida transcurría en una extenuante sobre-excitación creativa: “Entraba al periódico a primera hora, a las 10. Como era jefe de cierre, tenía que aguantar hasta que el diario entraba a las rotativas. Llegaba a casa a las tres de la madrugada en un estado de crispación. A las seis de la mañana tenía que dar el biberón a mi hija. Apenas dormía, aprovechaba para escribir. A esas horas, uno detesta al mundo y es capaz de imaginar una violencia inaudita”.

De ahí salió su debut, El buscador de cabezas. Tenía 28 años y era inédito, apenas había publicado ficción. “Empecé ese viaje a la indignidad humana que es buscar editor. Recibí una carta de rechazo durísima. Decía que mi libro era una locura y que no me iba a arriesgar al ridículo, que necesitaba un psicoanalista. Ese día estaba naciendo mi segunda hija, leí la respuesta en el hospital. Imagina cómo me sentí”. La historia, un relato sobre un no tan ficticio ascenso de la ultraderecha, se publicó en 2006 y obtuvo una gran repercusión.

Cuando cumplió 33 años, decidió apostar por la literatura, dedicarse a ello por completo. “Hasta entonces había sido un escritor de fin de semana. El periodismo me ha dado muchísimo: disciplina; sentido crítico para discernir qué es lo que funciona en un texto; aprender a mirar a la calle, esa idea de que uno escribe para los demás, para la plaza pública. Pero yo siempre quise hacer ficción”.

Hoy es uno de los autores más respetados en América Latina y su obra –La fila india (2013), Méjico (2015), los libros de relatos El jardín japonés (2007) y La señora Rojo (2010)- ha sido traducida a varios idiomas. Todavía vive en su ciudad, Guadalajara, la capital del estado de Jalisco, en el corazón de México. “Me siento cómodo, es el lugar que utilizo como escenario cuando escribo. Me gusta visitar el DF, pero vivir allí es muy duro, te obliga a militar en bandos literarios, a tomar posición. A mí eso no me interesa. La capital es lugar muy despiadado, hay demasiada gente que compite: por la mesa en el restaurante, por una plaza en el metro; se sacan los ojos, se revientan hasta que se reducen a polvo unos a otros”.

Ortuño huye de la farándula de las presentaciones literarias. Se declara un tipo “increíblemente casero”. “Escribo en mi casa. Mi estudio es chiquito, da a un jardín. Allí duerme mi perro. Estoy rodeado de libros. Me pongo mis audífonos, puedo oír a Pantera a todo volumen, sin que llegue el vecino a dar la lata. El colegio de mis hijas (15 y 12 años) está cerca de casa. Así estoy muy bien”, explica el mexicano, cuyos abuelos eran manchegos que salieron de España durante la Guerra Civil.

Dice que si no hubiera sido escritor le hubiera gustado ser delantero centro del Chivas (el equipo de fútbol de Guadalajara) o batería de una banda punk. Toca con otros amigos en Los Magones, una banda de versiones de Ramones con letras sobre la política mexicana que rinde homenaje a los hermanos Flores Magón, tres intelectuales mexicanos considerados los precursores de la Revolución Mexicana de principios del siglo XX.

Su “cosmovisión” está plagada de referencias musicales: el punk británico, el trash metal, la primera hornada de rock en castellano (Caifanes), Velvet Underground, Iggy Pop, el post-punk de Wire y Pavement… Cita entre sus autores preferidos al brasileño Rubem Fonseca. Dostoievski es el escritor predilecto de su hija mayor, a quien le gusta el metal épico de bandas como los alemanes Corvus Corax.

En sus columnas, cuando no saca los colmillos para hablar de política, rememora la Guadalajara de su adolescencia o reflexiona sobre el mundillo literario. Sus armas son la honestidad y la ironía, una capacidad única para poner en palabras situaciones asfixiantes. La violencia, el sinsentido de una sociedad enferma, la desolación mediocre de la clase dirigente, todo eso marca su obra. “Hay escritores que dicen que sufren, yo me la paso muy bien, soy muy malvado, me divierto imaginando las barbaridades que voy a escribir. Será el atractivo del mal”.

José Fajardo / El Mundo